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martes, 25 de enero de 2011

Sin título

Dejar de lado esa pequeña soledad,
Maldecir cada momento en que escribí su nombre,
Mezclar fábulas ajenas y propias para escribir un verso
Navegar ente luces y sombras nacidas de mi propia mente,
Dejar de lado esa pequeña soledad…
Arrebatarle al susurro del odio, una ráfaga de ternura
Pisotear las huellas de pasos que di una y otra vez en el mismo sitio
Ir, llegar, partir
Dejar de maldecir su nombre…
Su nombre…
Dejar de maldecir mi nombre,
Alejarme de la aburrida incertidumbre de lo que soy
Para inventarte de nuevo
Con otro nombre
Con otros sueños
Con otras voces
Entre las sombras de este jardín solitario, bailar hasta descubrir tu forma
Hasta sentir tu ritmo, hasta palpar tu sonido
Entre luces y sombras, nacidas de mis vidas
Te nombro de nuevo…
Para ser
Para oir
Para ver
Para sentir
Para volver...

lunes, 24 de enero de 2011

Luces y sombras

Luces y sombras deambulan por
los adoquines de mi existencia,
maltrechos los dimes y diretes
de los versos más complejos.

Luces y sombras espectaculares
danzan al compás del consenso
entre mis dedos calcinados por
las idas y venidas contrariadas.

Luces y sombras pelean entre sí
para ganar la eterna batalla,
equilibrista empedernido,
mediador de causas perdidas.

Luces y sombras en el despertar
acariciando mis ganas de volar,
perpetuidad a golpe de esperanza,
desterrando la eterna ingenuidad.

Luces y sombras dibujan el suelo
de mis constantes vitales, equilibrio
pretendido o simplemente la utopía
de quien se piensa dueño de ello.

Ruinas


Las luces y las sombras
se mezclan en la manta
y en mis piernas
un temblor que amanece
al escuchar la puerta
que se cierra.
Humano
y tan divino
tu rostro que se pierde
entre mis venas.
Latiendo entre retazos
de puñales que rompen hojas secas
surgen tus pasos limpios
sobre el reseco asfalto que no tiembla.

tras el eco desnudo
de la imagen que miro,
te reflejas.

apenas me despierto
y ya quiero dormir,
por si regresas.
o tal vez por sentirme
más viva si en tu sueño
me escondieras...

domingo, 23 de enero de 2011

Restos



Se conocieron en un mundo protegido
donde sólo ellos tenían acceso.
Un mundo libre de ruinas, de ruidos en llamas,
de sombras zombies, de miedos parlantes
de aullidos carnívoros, de estatuas.

Fraguaron su historia sobre nidos de arcoiris
al calor de sus hogueras
entre el placer de sus ganas.

Tuvieron un amor incivilizado
espléndido, enérgico,
guerrero.

Libres de vergüenzas,
volaban.

Y caían.

Y en sus caídas,
una bandada de buitres los visitaban
ansiosos de devorar los restos de carnaza
que ellos mismos desprendían.

Efímeros,
se dejaron llevar por la nada.

Automáticos,
se convirtieron en los enjendros
que tanto odiaban.
En ojos vacíos
en sonrisas muertas.

Entre plumas marchitas,
entre luces y sombras,
su fiel testigo-sol
se volvió un nómada

y sólo sobrevivió un espejo
de rostros desdibujados
de esperanzas ahogadas
en la senda de un camino hueco
donde antes habitaban
sonidos de luz,
murmullos de luna,
clamor de viento,
sonar de alas.

El espejo


Frente al espejo, atrás, donde quedó la vieja luz
y el deshielo del cuerpo se hundió en una derruida imagen
de ese otro lado que ya no era yo, solo luces y sombras
que recordaban otras vidas y otras memorias que no eran mías.

Frente a esa sombra que me dice que muchas veces caí
y que jamás me quise levantar, porque siempre fuimos vencidos
por aquello que se escondía tras esas sombras en el espejo,
que nos decía que no debemos escuchar esas voces que nada dicen.

Porque también nos gusta descifrar los enigmas de la memoria
para enredarse en indescifrables cajas chinas, y no estar más,
porque los rastros de lo que fuimos quedaran escondidos
en esa nada en la cabeza, en esas sombras que no dicen nada.

O tan solo dejar de repetir hasta el hastío las mismas quejas
que nunca sirvieron, que nunca dejaron de ser una imagen
que se desvanecía, que se repetía de tanto no ser yo
para ser ese otro, ese que me sonríe en el espejo.

 

martes, 18 de enero de 2011

De niñas y demonios




Ese día no viniste
y no sé qué de vacío o ausencia me llevó
a hablar en idioma tu-nombre
para referirme a todo lo que me dejaba sin paz.

Me fui
a ver si me hallaba una idea
de quién debo ser cuando sea
la mejor imitación de mi misma.
Mientras me ocupaba de esas tareas de reconocimiento
logré encontrarte por una calle
esquivando codos, alzando la voz;
cantabas esa canción que me recordaba
que no estarías conmigo para siempre.
Vi al viento elevando cometas a tu alrededor
lo vi alborotándote el cabello
repitiéndote constantemente
que mi lugar es tu herida:
¿Quién puede dejar fuera de la memoria
el momento de su existencia que más le dolió?

Sin embargo, no hice nada.

Pude haber corrido para detenerte
pude haberte amarrado a mis razones falsas
pude haber intentado enternecer tu corazón
mostrándote las llagas de mis pies
fruto de seguirte insistentemente
mientras bailabas en el silencio de la última luna llena.

Pero no lo hice.

Lo notaste.
Me sentiste en la atmósfera.

Te acercaste con cierta elegancia
e inevitablemente me sonrojé
al aceptar el efecto adictivo que me provocás
cuando fruncís el ceño.
No logré negarme a tu mirada tratando de pulverizarme
ni al temblor que se vino subiendo por la espalda
y me congeló irremediablemente:
tenés un modo tan especial de hacerme pedazos
que te adoraré de aquí hasta que se te acabe la eternidad.

Comenzaste a soltar tus historias
justificando con ellas tu crueldad, tus necesidades.
Tus labios se volvieron dos agujas
-como siempre-
pero esta vez no se clavaron en mi cuello.
Dijiste monstruo, vacía, fría, insensible
y otros adjetivos que no quise guardarme
porque ya no me queda espacio para más rencores.
Cada palabra que decías
llevaba tu mente a la imagen donde una muchacha
parecida a mí (con mi cuerpo y mi cara)
rescataba los restos de tu alma
de un charco de luces y sombras.

Cuando acabaste dijiste:
"puedes irte. Ya no te necesito".
Pero al ver que no avancé ni un centímetro
te diste la vuelta, caminaste cien años,
abordaste la nada para llegar al pasado
y cortaste los lazos que ataban nuestra historia.

No sé si lloré.
Seguramente, no.

Hasta este segundo sigo esperando
no tu regreso
no que cumplás tus promesas
no la cosquilla
de tus dedos bordeando mi pecho.

Espero que mueran
los que me convirtieron en esto:

en mí
con todos los problemas que implica.

Entonces dejarán desierta
esa luz que tanto querías que te diera
y quizá entonces pueda
sostener tu mano
sin quemarte la piel.

domingo, 16 de enero de 2011

Luces y sombras de la vida




Fueron dos los caminos,
o tres, o cuatro,
más no recuerdo la cuadratura
de la calle que elegí
para fundirme con  mi sombra.

Agudas piedras, intricados  laberintos,
llevaron mis pasos de traspiés en traspiés,
dejando sanguinolentos mensajes
en el sendero,
arena roja que disgregó el viento.

Pasajera de sombras no reí ni jugué,
esos juegos de hipocresía cortesana
en  ferias  putrefactas de orgullo;
ni bailé en patios orlados de mentiras,
que ocultan sólo el  cinismo que mueve
a una multitud indiferente.

Pero aún sigo…
entre luces y sombras
de las que anunciara la memoria, tu memoria,
mi memoria,
inyectando su veneno/placebo  en  mis arterias,
exponiendo al desnudo mis defectos/virtudes,
recortada figura de papel,
con bordes desiguales.

Pero...
tan intensos.

Te burlaste vida...
de la dorada fantasía de mi infancia
al arlequín de lo absurdo y lo malsano,
impiadosa  hetaira  que vendiste
tus ideales/mis ideales,
tus horas, mis horas,
a ese jugador libidinoso
que se llama Tiempo.

Y mírame...
rota, desdibujada,
adherida a la sombra de mi sombra
y sin embargo única,
indomable y pletórica de esa
inquietud/vida  interior
que no pudiste abatir,
y resignada tú, resignada yo,
continué entre luces y sombras,
mi ascenso hacia la libertad,
que me ofrece el infinito,
al que no puedes doblegar,
a tus antojos...